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Milagro en Berna, terremoto en Budapest

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

10:05 / 21 de mayo de 2018

“Todo el mundo intentaba encontrar alguien a quien culpar. En la calle me miraban como si estuviera enfermo. Hay mucho idiota, ¿verdad?... En unas semanas envejecimos años. Durante un tiempo nos tuvieron que proteger en público y teníamos que llevar un par de policías para que cuidaran de nosotros”. El genial Ferenc Puskas relata en el maravilloso libro del inglés Rogan Taylor (“Puskas sobre Puskas”) el día después de la derrota húngara a manos de Alemania en la final del Mundial ’54. Nunca un equipo fue más favorito que Hungría, ni siquiera el Brasil de 1950. Y la desilusión fue tan grande como la del Maracanazo, quizá más violenta.

Tras la final perdida por 3 a 2 con Alemania -a la que había goleado 8 a 3 en el cotejo del Grupo 2- una amargura nacional envolvió a todo el pueblo húngaro. Eso no podía ser cierto, Hungría era invencible. ¡Y caer en la final frente a un país que aún juntaba los escombros de la guerra…! Por la noche se desataron disturbios en todo el país, en el centro de Budapest la multitud empezó a volcar tranvías, hubo que custodiar las casas de los jugadores… Al retorno del Mundial, la AVH, la temible policía secreta del régimen estalinista detuvo al arquero Grosics, quien permaneció en virtual arresto domiciliario durante quince meses.

“Hungría jamás se había sentido tan decepcionada en toda su historia -refiere el periodista Kálmán Vándor-. No eran solo los aficionados al fútbol, todo el país parecía al borde del colapso por el peso de la derrota. Si hubieran ganado, de haber querido, Puskas podría haber sido primer ministro”.

La Selección de Hungría ya había perdido una final del mundo en 1938, ante Italia 4 a 2, pero entonces nadie protestó, al contrario, se valoró haber llegado tan alto. En 1954, El Equipo Dorado, como se le llamaba en casa, era el orgullo de la nación, la máquina más preciosa de jugar fútbol que se hubiese visto nunca. Había sido campeón olímpico en Helsinki 1952 ganando todos sus partidos y anotándose goleadas como 3-0 a Italia, 6-0 a Suecia. En 1953, en el llamado “Partido del Siglo”, destrozó a Inglaterra en Wembley 6 a 3. El mundo quedó deslumbrado, los inventores del fútbol no habían perdido en 90 años en la isla. Y la revancha en Budapest fue más cruenta: Hungría lo machacó 7 a 1.

“Eran tan superiores a nosotros que no pudimos contenerlos”, declaró Syd Owen, zaguero inglés. El sábado siguiente, Owen jugó para su club, el Luton Town, frente al West Ham por el torneo local. Malcolm Allison, jugador del West Ham, contó que antes de comenzar fue a estrechar la mano de Owen y le preguntó cómo había sido esa terrible experiencia frente a Hungría: “Fue como jugar frente a extraterrestres”, le respondió Owen.

Los Magiares Mágicos, como los bautizó el resto del mundo, fueron una iluminación. Como ha sucedido alguna otra vez en la historia, apareció en Hungría, al mismo tiempo, una fabulosa generación de talentos: Sandor Kocsis, Zoltan Czibor, Nandor Hidegkuti, Jozsef Bozsik, Laszlo Budai, Jeno Buzanszky, Mihaily Toth, y el genio supremo, Ferenc Puskas. A ellos se sumó Gusztav Sebes, un entrenador estudioso, que vivía para ese equipo y copió la concepción de que la mayoría tenía que militar en un mismo equipo si fuera posible. Lo logró gracias al apoyo del gobierno comunista. Se inspiró en el italiano Vittorio Pozzo, cuya selección era mayoritariamente integrada por dos clubes, Juventus y Torino, y en el austríaco Hugo Meisl, que hacía lo propio con el Austria Viena y el Rapid de Viena.

El 7-1 a Inglaterra fue el último encuentro antes de partir al Mundial. Ya en Suiza, apabulló en un amistoso a Luxemburgo 10 a 0, y en el debut mundialista aplastó 9-0 a Corea del Sur, para luego pisar a Alemania 8 a 3. “En cuatro partidos hicimos 34 goles -dice Puskas-. A Alemania le ganamos con facilidad, pero me lesioné. Liebrich, defensa alemán, me entró por detrás y tuve que salir, el equipo terminó con diez. No pude jugar los siguientes partidos, hasta la final”.

Ahí comenzaron los problemas magiares. Puskas no fue necesario para aplastar 7-0 a Turquía. Y tampoco para vencer 4-2 a Brasil, pero en ese choque se produjo una pelea que se denominó “la Batalla de Berna”. Los jugadores brasileños invadieron el vestuario húngaro y hubo graves incidentes. Palazos, botellazos, trompadas. Antes, en el campo, Maurinho le pisó la pierna a József Toth y le lastimó un músculo. Luego llegó la semifinal contra Uruguay, y otra vez fue victoria 4-2, pero en tiempo extra, con el cansancio que esto significaba.

Con todo, nadie dudaba de la victoria húngara, por mucho el mejor equipo del mundo, que llevaba cuatro años invicto. Y le había convertido 8 a Alemania. Sin embargo, pocos tuvieron en cuenta que, en el primer encuentro entre ambos, Sepp Herberger, técnico alemán, que sabía que aún perdiendo podía clasificar a segunda ronda, alineó a varios suplentes para despistar a Sebes. Cuando llegó el partido decisivo sólo estaban cinco germanos de los que habían perdido 8 a 3…

En la mañana del 4 de julio de 1954, Berna amaneció con una lluvia torrencial, algo que no beneficiaba el juego artístico del Equipo Dorado y sí el de los tractores alemanes. Antes de comenzar la final, el cuerpo técnico húngaro decidió que Puskas jugara. Hungría tenía el equipo un tanto magullado. No obstante, a los 8 minutos del inicio ya los magiares ganaban 2 a 0 con goles de Puskas y Czibor. Pero una jugada desgraciada metió a Alemania de nuevo en el partido: Zakarias intentó dar un pase hacia atrás, el balón quedó frenado en un charco y de allí provino el gol del descuento, de Helmuth Rahn. Pocos minutos después, Alemania empató. A 6 minutos del final, Rahn marcó el 3-2 y Hungría entró en la desesperación. Atacó con furia, un tiro en el palo, otro en el travesaño, varias paradas de Turek y un gol de Puskas que nadie entendió por qué fue anulado.

“Ya estábamos en el centro del campo para reanudar cuando el juez anuló el gol, quería matarlo -confesó Puskas-. Nuestro error fue creer que el partido había terminado con el 2 a 0 en lugar de ir rápido a buscar el tercero. Olvidamos que los partidos duran 90 minutos”.

Hungría llevaba 36 partidos y cuatro años invicto. Y luego de esa fatídica tarde estuvo otros dieciocho meses sin derrotas, pero perdió el que no debía. La vuelta a la patria fue de una tristeza infinita. Y lo que debieron soportar después, muy traumático. La gente los abucheaba por la calle; se decía que habían vendido la final. “Dijeron que los alemanes nos habían dado un Mercedes a cada uno”, recordaba quien posteriormente sería una superestrella del Real Madrid junto a Alfredo Di Stéfano.

“Alemania pateó ocho veces al arco e hizo tres goles, nosotros rematamos 25 y marcamos dos, más ese que nos anularon”, se lamentaba el DT Gusztav Sebes. Pero también reconoció: “Se subestimó dolorosamente la potencia de juego y la abundancia de ideas de los alemanes por parte nuestra”.

“Tuve, y todavía tengo, una enorme sensación de pérdida -reconoció Gyula Grosics muchos años después-. Y no podemos hacer nada al respecto. No podemos volver a jugar ese partido. La final la perdimos nosotros, no la ganaron los alemanes. Fue el día más triste del fútbol húngaro. Ni los expertos ni el público en sus casas podían aceptarlo. Han pasado más de cuarenta años, pero si alguien me despertara y me recordara ese partido, me echaría a llorar”.

Esa tarde entró en la leyenda futbolera como “El Milagro de Berna”. Para Hungría fue un terremoto del que no pudo recuperarse nunca.

(21/05/2018)

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