Marcas

Martes 10 en Sudamérica: infierno o paraíso

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

07:16 / 09 de octubre de 2017

¡Gol de Colombia…!”, festejaron los periodistas peruanos en el palco de prensa de La Bombonera. Ya estaba cerca el final de Argentina 0 - Perú 0.

Deseaban, naturalmente, que Colombia llegara a Lima clasificada para afrontar un partido menos tenso el martes, más accesible. Y alguien agregó “¡Gol de Ecuador, 1 a 1…!”, que le empataba transitoriamente a Chile y complicaba la chance de La Roja. Pero enseguida llegaron otros dos gritos, agónicos “¡Gol de Chile, 2-1…!” Ipso facto, en tres minutos, otros cronistas radiales instalados en pupitres vecinos con voz de pregoneros informaron “¡Gol de Paraguay, 1 a 1…!” y casi inmediatamente “¡Otro gol de Paraguay, 2 a 1…!” Entre los goles que se perdía Argentina y que Gallese paraba con el pecho, llegaba de otras partes el sonido de la emoción de esta Eliminatoria única, que a falta de una fecha tiene aún a cinco equipos luchando por tres puestos; a Uruguay lo damos por clasificado. Al menos, de quinto no baja. Es el único Premundial donde el último puede llegar a vencer sin ningún problema al segundo. La casi increíble paridad de todos torna sensacional la carrera.

“¡Qué vergüenza…! ¡Qué despropósito…!”, dijo casi unánimemente el periodismo continental cuando, desde Francia ’98, Sudamérica decidió abandonar el esquema de tres grupos y disputar las Eliminatorias por este sistema de todos contra todos, que no es una vergüenza, es extraordinario, apasionante, dramático, impredecible. Nunca hubo rectificación (rectificarse no es parte del ideario periodístico). Como no se rectificará jamás el medio que anunció un día antes que la FIFA y la Conmebol habían arreglado el triunfo argentino ante Perú y que Gianni Infantino y Alejandro Domínguez estarían en el estadio para fiscalizar tal arreglo. Pero ellos no estuvieron y fue un partido limpio controlado por un arbitraje perfecto del brasileño Wilton Sampaio (consagratorio), sin favoritismos en ninguna jugada.

Se había vendido, también, la idea de que el cambio de estadio —de River a Boca— era parte de un plan siniestro, una alevosa emboscada cuyo corolario iba a ser el robo del partido, pero fue una noche cálida y preciosa para los 4.000 peruanos que se allegaron a La Bombonera y festejaron como poseídos.

Arribaron con sus camisetas blanquirrojas caminando tranquilamente, mezclados con los hinchas argentinos por las calles de La Boca. En lo que hace al entorno, fue una fiesta diáfana del fútbol, sin un mínimo incidente. Como debe ser. El mismo respeto que imperó entre los periodistas de ambos países en el palco.

Fue un acierto de la AFA llevar el choque a La Bombonera, no por tratarse de un reducto inexpugnable, Boca perdió allí decenas de partidos, recibió muchas veces goleadas impiadosas de hasta seis goles con San Martín de Tucumán, Gimnasia y Esgrima, Racing, y otras muy duras con Independiente, River, Newell’s… Pero las tribunas están próximas al campo como en pocos estadios, el aliento llega nítido. Allí el público, mayoritariamente boquense, dio amplio respaldo al equipo de Sampaoli, sin reprobaciones, sin murmullos ni cánticos hirientes. De eso se trataba, de arropar un poco a este equipo embrujado, paralizado, que no puede hacer un gol (en los últimos 4 encuentros sumó uno, pero fue en contra del venezolano Rolf Feltscher). Pero los estadios no ganan partidos, los hinchas tampoco, ésa es tarea de los jugadores.

No cabe ser injustos por la simple lectura del resultado, Argentina jugó uno de sus mejores partidos de toda la clasificatoria, mereció la bendición del gol, lo tuvo en al menos ocho ocasiones, pero las malas definiciones, la impericia, el palo y, sobre todo, el excelente arquero Pedro Gallese se lo negaron. Messi fue, una vez más, la figura central de la noche, creando jugadas iluminadas, sirviendo al menos cinco balones de red a sus compañeros, probando él mismo. Empero siempre apareció una pierna entre la bola y el objetivo. Si Argentina hubiese jugado así el resto de la Eliminatoria ya estaría en Rusia.

Perú no fue solo Gallese, también fue un equipo plantado con personalidad y firmeza que defendió con determinación y tocó siempre deliciosamente la pelota cuando la tuvo, sobre todo cuando pasó por Édison Flores y Yotún. Le faltaron dos piezas clave: Cueva y Carrillo, que sin duda mejoran al equipo, y Farfán no estaba en plenitud. Con ellos se le va a hacer muy duro a Colombia el martes, sobre todo por la ilusión colosal que anima a estos muchachos que están cerca de lograr una epopeya: cortar la sequía de 36 años sin Mundiales. La obra de Gareca es la de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina: con paciencia y talento ha logrado hacer un recambio magnífico en un tiempo no tan prolífico de figuras como en décadas antiguas en Perú, conformar un conjunto armonioso, darle un espíritu combativo y devolver la identidad del fútbol incaico con los conceptos modernos. No es poco. Que Messi le haya generado tantos apremios defensivos no es un demérito: a todos se los hace. Pero nunca se vio verdaderamente desbordado; mantuvo la vertical. Colombia se va a topar con un once animado, que sabe su libreto y que, por una vez, estará completo.

El retorno de Gallese remarca que en fútbol no es lo mismo Pedro que Juan. En la Copa América 2015 dijimos que Perú había encontrado un arquero para 10 o 12 años. Lo confirmó en La Bombonera. Sólido, atrevido, atajador, líder. Paolo Guerrero tuvo que vérselas con un fierísimo zaguero como Otamendi, una roca, presto para el anticipo y muy concentrado. No obstante, en el minuto 94, de tiro libre, casi comete magnicidio Paolo, que tampoco se achicó por la dura marca del argentino. Romero le adivinó el ángulo, sino lo ganaba Perú. El 0 a 0 es el resultado más feo del fútbol, sin embargo, no desencantó el partido.

El cruce de posibles resultados en la fecha final le confiere a la jornada del martes tintes históricos. Por un lado, no podremos ver todos los partidos, pero es saludable que se jueguen todos a la misma hora. Tendremos los ojos en una cancha y los oídos en otras.

Ecuador, que prácticamente se autoexcluyó de la pelea designando para los dos últimos juegos un nuevo técnico y un plantel flamante, inexperto, facilitó la chance de Chile, que llegaba envuelto en problemas internos. Paraguay reverdeció el nunca desmentido heroísmo guaraní; derrotó agónicamente a Colombia, se dio una última oportunidad y le dio una vida más a Argentina. La torcida brasileña se pregunta si deben salir a ganar o a perder ante Chile. ¿Y Colombia…? Aún sigue atrapada en el laberinto de su juego sin juego. Y ahora tendrá un rival adicional: la angustia.

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