Marcas

Moscú y la batalla del dramatismo

Inglaterra con Colombia fue una contienda vigorosa, pero menguada en calidad

La Razón (Edición Impresa) / Oscar Dorado Vega

06:55 / 04 de julio de 2018

Inglaterra y Colombia libraron en el estadio del Spartak uno de esos combates futbolísticos que permanecen en la memoria —sobre todo en la de los protagonistas y sus seguidores— por muchísimo tiempo. Intercalaron sensaciones de euforia y pesadumbre. Distribuyeron aciertos y yerros hasta verse en la necesidad de dilucidar todo desde los once metros y ahí, sin otro recurso posterior, despuntó la supervivencia y la expiración.

Al seleccionado de José Pékerman le dolió en demasía la ausencia del lesionado James Rodríguez. Empobreció en agudo grado su capacidad creativa y el entrenador optó por un medio campo (Carlos Sánchez, Barrios y Lerma) con clara tendencia a la contención, al margen de la disposición de Quintero y Cuadrado, poco proclives a asumir genuino liderazgo y sin real gravitación de juego. Lo señalado puso de manifiesto nuevamente la inmensa soledad de Falcao.

Por su parte, el joven conjunto de Gareth Southgate conservó la tónica de buen trato de balón —a momentos, eso sí, exagerando lo presumible— para una articulación nutrida de velocidad y de esa especie de armonioso acordeón, en pro de avance y retroceso.

Firmes Yerry Mina y Davinson Sánchez en la zaga central de los cafetaleros el cotejo se tornó denso, interrumpido, colmado de infracciones y, asimismo, muy conversado a partir de un desempeño desprolijo del árbitro estadounidense Mark Geiger.

Cuando Santiago Arias y Johan Mojica, los laterales de Colombia, decidieron proyectarse concedieron a Colombia mejoría en el tránsito a través de campo contrario, pero eso aconteció pasajeramente.

Las emociones nacieron a través del complemento. Carlos Sánchez, como ante Japón, cometió una indiscutible falta a Harry Kane (ni siquiera hizo falta la intervención del VAR) y el goleador de la Copa no dubitó desde los doce pasos. La respuesta colombiana trajo consigo una gran oportunidad que marró Juan Guillermo Cuadrado, un excepcional disparo de Matheus Uribe que Jordan Pickford salvó increíblemente, aunque del lanzamiento de esquina consecuente apareció, inefable e imbatible, el central Mina para firmar el empate, nada menos que en el minuto 94.

Durante la prórroga afloró el mutuo desgaste físico y mental. Del mismo modo el lógico temor, pero las ocasiones, no demasiadas, se distribuyeron.

Y en la definición terminal, las atajadas quedaron parejas en una, pero el travesaño devolvió el envío de Uribe y de ahí en más la celebración de los “Pross” virtió el desahogo, el pasaporte a cuartos.

No terminará jamás el debate sobre si una dilucidación desde el punto penal encarama a la tarima —como eventual convidado de piedra— al factor suerte y relega en alguna medida la puntería, el desacierto o el tino de los porteros.

Sí, resulta obvio el morbo que el proceder despierta y ayer el Mundial adicionó otro capítulo de tensión proyectado al grado superlativo.

No se observó, vale anotarlo, un gran partido. Todo lo contrario. Los circuitos se enredaron por prolongados pasajes y si bien es cierto que en el fútbol la lucha representa un elemento que a veces sobrepasa el mosaico técnico, dominó el fragor equivalente a recomenzar de nuevo una y otra vez.

Como si la propuesta creativa hubiera cedido al paso al estrés.

¿Resulta más fácil obstruir que construir? Generalmente, sí. Y cuando existe demasiado en juego hasta los creativos traspapelan atributos. Quizás eso permita entender una contienda vigorosa, pero menguada en calidad de dos expresiones superadas ampliamente por la responsabilidad.

Oscar Dorado Vega

es periodista.

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