La Revista

La Cinemateca dedica un ciclo a la obra del maestro Ingmar Bergman

Dos de las películas más representativas de la carrera del director sueco Ingmar Bergman conforman el nuevo ciclo de la Cinemateca Boliviana. Las cintas El séptimo sello y Gritos y susurros se proyectan en tres horarios (16.30, 19.00 y 21.15).

La Razón

01:00 / 22 de abril de 2011

La muestra cinematográfica es parte del programa denominado "Directores destacados de la A a la Z", que en este año pretende exhibir filmes que nunca se han visto en el país.

Nacido el 14 de julio de 1918 en Uppsala (Estocolmo), Bergman filmó más de 40 películas. Aprendió el arte de la puesta en escena teatral y ya en los 40 comenzó a compaginar el teatro con el cine y fruto de ello es su primera película, Crisis (1945). Sin duda, su obra más conocida es El séptimo sello (1957), cumbre del cine protagonizada por Max Von Sidow. La cinta narra la vuelta a casa de un caballero medieval y su escudero tras combatir en las Cruzadas, encontrándose en su camino con un paisaje devastado por la peste y el fanatismo religioso.

En Gritos y Susurros (1973), Bergman cuenta la historia de tres hermanas —María, Karin y Agnes— que tras  haber estado muy unidas durante su infancia, han perdido el contacto y la capacidad de demostrarse cariño.

Bergman abordó, con una visión casi siempre trágica, las relaciones entre hombres y mujeres, la muerte, la existencia de Dios o el sentido de la vida. Buena culpa de ello tuvo su educación religiosa y severa, elegida para él por su padre, pastor protestante.

Musas le rodearon

Así las cosas, los actores lucieron su dominio del cuerpo, fueron despintando su humanidad teñida de blanco como se desnudan los sentimientos de esas mujeres capaces de un odio intenso por su patrona, sin que importe cuán generoso llegue a mostrarse el poderoso para con sus subordinados.

Se aplaude de Equiz la puesta limpia y la plasticidad. Símbolo más que realismo. Se pondera el diálogo que logran los actores con sus cuerpos, sus gestos. Pero, pese a ello, la obra se enfría, se hace repetitiva, abruma pero no por la sensación de opresión y de asfixia que busca el texto de Genet. Falta eso que se llama ritmo y que no es sino el manejo de la intensidad. La obra abre por lo alto y los actores no logran matizar tanta energía, de manera que terminan agotándose.

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