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Solo preguntas V: Paradojas del artivismo

La acción del artista-activista cuando trabaja bajo el paraguas de la institución arte.

El artivismo

El artivismo

La Razón (Edición Impresa) / Saraí Amorós - filóloga y periodista cultural

00:00 / 29 de mayo de 2019

La Larga Noche de Museos debería cambiar de nombre al menos en Bolivia, hoy ya no es solo la larga noche de los museos sino de aquellos transeúntes que demuestran cuán alejadas andan las denominaciones culturales-institucionales de la función que debería tener actualmente un “museo” o “un espacio cultural que gestiona cómo atraer la atención del público”. Aprovechemos entonces tal dicotomía, partiremos de la necesidad de repensar los museos como espacios de validación artística para un sector de la sociedad y al mismo tiempo, como espacio de deseo de una minoría que a través del artivismo reclama visibilidad y aceptación. Ante ello, ¿es el museo “el espacio” para el artivismo?, ¿el artivista lo necesita para encontrarse con su público? o ¿será acaso que el estar en un museo implica haber sido vencido por el sistema contra el que lucha?

Artivismo. Artivismo, neologismo que nace de la unión entre el término artista y activista. Richard Wollheim, filósofo de arte, defendió en 1968 el concepto de arte entendido como forma de vida. Pues tal y como sucede con el lenguaje, el arte se encuentra condicionado y convertido en un reflejo del contexto social que lo generó, pudiéndose entender en ese contexto y posibilitando, al trascender su época, otras lecturas. Este fue un punto de partida importante para que el binomio arte=vida se replicase en artista=activista.

El artivismo utiliza narrativas de carácter social buscando concienciación colectiva, nutriéndose del uso de la estrategia de la resistencia como medio para hacer visible aquellos “traumas” del propio cuerpo social (también devenientes del cuerpo individual). Permite la creación de nuevas narrativas capaces de alterar los códigos establecidos con mayor compromiso con la lucha social que encarna, y menos con las líneas artísticas de las que se vale. No se trata entonces de oponerse por oponerse, sino de generar un proceso informativo, transformativo y progresista. Su fuerza radica en su poder revulsivo para señalar la injusticia, cumpliendo así la función de corrección del desequilibrio social. Ante ello, el cuerpo del artista también se convierte en un “objeto” más de lucha, como medio de disrupción que invita a acceder a un discurso público en construcción. Los artivistas individuales o colectivos se plantean un tipo de arte político con intencionalidad creativa, con maneras incorrectas y discutibles, intentando quebrar esos mecanismos de dominación y agujereando la realidad. El artivismo es una alfabetizadora ética social que lleva a una autonomía no individualista del sujeto, y es acá donde llegamos a una vieja polémica: si el arte y la creación siempre llevarán consigo huellas personales al mismo tiempo que las colectivas, ¿dónde comienza y termina la vida y la obra del artista? Quizás nunca lo sabremos.

Obras. Petr Pavlensky, un polémico artista ruso cuando se cosió literalmente la boca para realizar una sesión de fotografías en la Plaza Roja de Moscú, no solo cargaba connotaciones políticas en su acto, sino también las estéticas del body art. Como artivista reflexionaba sobre la refundación del poder del cuerpo para transmitir las ansias de libertad. Y si hablamos de la inclusión del artivismo en el sistema comercial de las subastas artísticas, Bansky, “artivista” urbano británico se yergue como el más reciente ejemplo. La obra enmarcada Girl With Balloon (Niña con globo) fue subastada por la casa Sotheby's en Londres y vendida por $us 1,3 millones. Minutos después de su venta, el lienzo pasó a través de una trituradora que estaba escondida dentro del marco. Si bien el acto no resultó como esperaba el artivista, en vez de ser desechada para su venta, la obra cambió de nombre y adquirió un nuevo valor: esto es ¿artivismo espectacularizado?

En La Paz, Bolivia, una exposición Sudaca que comenzó con una boda simbólica en el Museo Nacional de Arte (MNA) y una original revisión en sillas de madera de la cadena de ancestros negros en Bolivia en la galería de la Alianza Francesa podrían dejarnos más preguntas que certezas sobre cierto artivismo boliviano expuesto en espacios llamados de “poder”. 

Preguntas. Ambas propuestas (una más lograda que la otra) comparten un denominador común: la visibilización de minorías históricamente desvalorizadas cultural, social y políticamente desde el artivismo. El estar ambas en espacios museológicos ¿significa que han acabado siendo parte de la contraprogramación contra las que se proclamaban disonantes o es una victoria?, ¿ha conseguido el artivismo alejarse de las imposturas de la autoría artística, el divorcio entre creador y público o los modelos clásicos de creación y gestión cultural? Al no escapar de la gravitación de los museos o centros culturales, ¿no acabó siendo una fuente de vistosos aspavientos dignos de llenar el apartado de dichas instituciones culturales, siendo básicamente usados por éstos?, ¿acaso no se trataba de crear espacios artivísticos, diferenciados de los convencionales y cercanos a la gente?

Una de estas exposiciones quizás no hizo más que explicitar una concepción de la acción política no como generadora de procesos, sino como una antología de símbolos étnicos, una gran comedia de situación, un nuevo estilo de arte político que construyó una “fiesta simbólica”. Ante ello se atenúan los efectos cuestionadores del combate social como consecuencia de una mala praxis del artivista, de los medios de comunicación atentos a la acción cuando lo asume como show y de un público que finalmente, critica antes de analizar. ¿No será que hoy necesitamos artistas “agentes de cambio” que salven al artivismo de constituirse en un mecanismo de desactivación del propio activismo? Pensemos, son solo preguntas.

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