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Homenaje oblicuo a Susan Sontag : A 50 años de 'Estilos de una voluntad radical'

Una reflexión sobre los parámetros del cine ‘serio’ que plantea la autora estadounidense

Susan Sontag (EEUU, 1933-2004)

Susan Sontag (EEUU, 1933-2004) Foto: revistasantiago.cl

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Souza Crespo - crítico

15:14 / 26 de junio de 2019

1. El 2019 es un año de aniversarios: Los 100 años de Raza de bronce de Alcides Arguedas, los 60 de Los deshabitados de Marcelo Quiroga Santa Cruz, los 50 de Yawar Mallku de Jorge Sanjinés, los 40 de Felipe Delgado de Jaime Saenz, los 30 de La nación clandestina de Sanjinés. Y se puede continuar: Los 50 años de Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa y de La mano izquierda de la oscuridad de Ursula Le Guin, de Boquitas pintadas de Manuel Puig y de Ada o el ardor de Vladimir Nabokov. De estas celebraciones, escojo una: hace 50 años apareció el segundo —y mejor— libro de ensayos de Susan Sontag: Estilos de una voluntad radical.

2. Publicado a pocos años de su más famoso Contra la interpretación (1964), Estilos de una voluntad radical es otro libro que reúne los ensayos dispersos de Sontag; algunos —los más interesantes— son sobre cine. En concreto, es en este libro que Sontag apostó sus cartas a lo que llamaría “la seriedad estética”, identificada para ella con el cine europeo (y, a veces, con el cine clásico japonés). Entre tanto, pensando en la cultura cinematográfica norteamericana Sontag había inventado el concepto de “camp”, ese kitsch o cursilería para intelectuales.

3. Susan Sontag (EEUU, 1933-2004) nunca se cansó de defender su eurocentrismo. Era, en suma, una de esas personas insufribles que no se sonrojan cuando dicen que “prefieren el cine europeo”. ¿Qué se quiere decir cuando se nos remite a un mítico “cine europeo”? Una generalización posible: si la cultura estadounidense de masas es la de la globalización, entonces el “cine europeo” es aquel que —no importa si hecho en Europa, Asia o Latinoamérica— se resiste a la disnificación del mundo: con pretensiones de todo tipo, convencido todavía de que es una forma de arte. Traer a cuento ese “cine serio” es nombrar un deseo que no se satisface de manera directa, derivativa, rutinaria, amnésica, casi hormonal, en un consumo más a-la-Avengers.

4. El cine “serio” exige además una manera diferente de verlo, manera que Sontag llamaba “cinefilia” y que definió así poco antes de morir: “Pienso que un ‘cinéfilo’ es alguien que ha experimentado el cine como una gran forma artística, que conoce con pasión su historia, que sigue buscando y viendo las mejores películas que se hacen hoy en día, en cualquier parte del mundo. Yo me definiría como una cinéfila”.

5. Los que reclaman que el público boliviano ya no esté acostumbrado o que ni siquiera sea tolerante con cualquier estética que no sea la hollywoodense (y sus imitaciones mexicanas o francesas) suponen que en otras partes del mundo hay un público diferente. No lo hay.

6. Miento: el público para el cine no-hollywoodense se amontona en dos circuitos alternativos: los guetos del sistema internacional de festivales de cine y una especie de gueto anónimo abierto por el mercado (legal e ilegal) de devedés y las posibilidades del streaming (con sitios como Mubi, Kanopy, Festival Scope, Vimeo). Son estos reductos, y no las salas, los que mantienen viva la cinefilia.

7. Supongamos que sí existe una lengua dominante, aunque no única, del “cine serio” mundial. Esta sería —caricaturescamente— la lengua de “ese cine en el que nunca pasa nada” y que persigue un quiebre: desfamiliarizar o violentar al espectador. Allí donde esperamos el locuaz didactismo del cine hollywoodense, se opta por la parquedad y el silencio; allí donde el cine comercial nos ha acostumbrado a un clímax sin fin (pues hoy las persecuciones aparecen en los créditos iniciales), ese “cine lento” explora el momento muerto; allí donde se nos toma de la mano hacia la complicidad (o manipulación) emocional, se nos ofrece la distancia, la reticencia y la indirección. O, para resumir, allí donde se da por sentada la facilidad del consumo distraído, se exigen en cambio las dificultades de la concentración.

8. Poco antes de morir, hace 15 años, en 2004, se le pidió a Sontag, una vez más, una lista de las 10 películas que consideraba las más significativas de la historia. Además de las obvias y siempre repetidas en su caso (Las reglas del juego [1939] de Renoir o Historia de Tokyo [1953] de Ozu), incluyó dos que, en ese momento, eran relativamente nuevas: Berlin Alexanderplatz (1980) de Fassbinder y Satantango (1994) de Béla Tarr. En ambos casos, hablamos de grandes películas. En más de un sentido: duran, respectivamente, más de 15 y siete horas.

9. La elección de Satantango ilustra bien la cinefilia de Sontag y la que hemos tratado de definir aquí: de un director joven (tenía 39 años), Satantango traza una larga, morosa y compleja meditación sobre “acontecimientos” que transcurren más o menos en un día. “Desprecio las historias: le hacen creen a la gente que algo ocurre”, decía por entonces Tarr en una entrevista. En 2011, poco después de terminar otra obra maestra, El caballo de Turín, Tarr anunció su retiro del cine a los 56 años: “Ya dije todo lo que tenía que decir”, se explicó.

10. Es claro que la “seriedad” es una categoría estética de poca utilidad: vaga y autoritaria a la vez, describe más una reacción que un principio de lectura. No hay quizá mucha distancia entre el “Me gusta” de un feisbuquero y “la seriedad” de Sontag. Pero al menos es una categoría que tiene el encanto de aquello que ya no existe. Basta pensar en todos los cineastas bolivianos que hicieron o hacen películas sin tener nada que decir para sentir una inmensa nostalgia por directores que dejaron de hacer películas porque ya habían dicho lo que sí tenían que decir.

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