Editorial

Agresión a los perros

Esta agresión ha puesto en relieve una problemática de salud que no está siendo enfrentada adecuadamente

La Razón (Edición Impresa)

23:49 / 16 de agosto de 2018

Antes que la casualidad, la costumbre quiso que en vísperas del día reservado para homenajear al mejor amigo del hombre en el país, fecha que se celebra cada 16 de agosto, una carnicera fuese arrestada por matar con un certero cuchillazo a una perrita de la calle que se atrevió a robar un pedazo de carne de su puesto, instalado en un mercado de Cochabamba.

Además de la falta de empatía respecto a los animales que impera en gran parte de la población, esta agresión ha puesto en relieve una problemática de salud pública que no está siendo enfrentada apropiadamente en el país. Nos referimos a la ausencia de políticas y controles municipales efectivos para contrarrestar la proliferación de perros en las ciudades bolivianas. Por ejemplo, si bien no existen datos oficiales (uno de los síntomas de la evidente falta de atención respecto a esta materia), el Programa Nacional de Zoonosis estima que en el territorio nacional existe un perro por cada tres personas (3,5 millones en total), cuando lo recomendable por la OMS es que haya un can por cada 10 habitantes.

Además, para colmo de males muchos de ellos, pese a tener “dueños”, viven en las calles, contrayendo y diseminando enfermedades, sufriendo agresiones de toda laya en busca de agua y de alimentos. Por caso, según estimaciones del Colegio Médico de Veterinarios, tan solo en la sede de gobierno cada día al menos 10 perros son atropellados. Un número alarmante que previsiblemente es incluso mayor en las ciudades de Santa Cruz y El Alto, en las que se estima que existen entre 250.000 y 300.000 canes callejeros, el doble de los que deambulan por La Paz; siendo las hembras las que llevan la peor parte.

Esto porque en tiempos de celo son acosadas día y noche por una jauría de machos durante semanas. Y luego les toca hipotecar su salud y amamantar a sus cachorros pese a no tener comida ni si quiera para ellas mismas. De allí que sea corriente observar en las calles perras con los pechos hinchados que son solo piel y hueso. Por ello, no sorprende que el can que murió tras recibir un cuchillazo en Cochabamba haya sido precisamente una hembra, para la cual el hambre fue incluso mayor que el temor de perder la vida cuando olió un pedazo de carne a su alcance.

Tampoco ha sorprendido la reacción de las autoridades en este caso, las cuales optaron por la solución más sencilla para apaciguar la indignación de la ciudadanía, enviando tras las rejas a la responsable de esta barbarie, en lugar de por ejemplo obligarla a prestar un servicio comunitario en un centro de acogida de perros callejeros, donde seguramente aprendería a respetar y querer a estos animales.

Determinación que a su vez pone en evidencia la necesidad de impulsar un enfoque restaurativo antes que meramente coercitivo no solo en los tribunales del país, sino también en las instituciones encargadas de diseñar y ejecutar políticas de salud pública como el control de la población canina, hoy por hoy en extremo deficiente.

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