Columnistas

Atentado de lesa cultura en El Alto

A la negligencia y descuido con el Museo Antonio Paredes Candia se suma el agravante de la ingratitud

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro *

21:27 / 23 de marzo de 2019

Se ha denunciado recientemente que el Museo Antonio Paredes Candia, en El Alto, muestra señales de deterioro y no cuenta, desde hace mucho tiempo, con un director titular. Por desgracia la noticia no es nueva, pues con anterioridad familiares alteños del ilustre escritor habían expresado preocupaciones similares. ¿Cómo es posible que las autoridades ediles, y en particular la alcaldesa Soledad Chapetón, incurran en semejante descuido? ¿Y por qué las organizaciones sociales y otras instituciones, tan activas para otros menesteres, no se han preocupado del asunto y con su pasividad han permitido que esto sucediera?

Este museo, ubicado a pocas cuadras de la terminal amarilla del teleférico, es el único existente en la pujante urbe alteña. Honra la memoria de un escritor e investigador notable de la cultura popular boliviana, y a la vez es producto de sus denodados esfuerzos por dotarlo, organizarlo y supervisar su funcionamiento hasta los últimos días de su vida. Es más, por una disposición excepcional y ha pedido suyo, sus restos descansan en el mismo lugar.

Luego de un largo peregrinaje para donar a El Alto sus valiosas colecciones, Paredes Candia tuvo la satisfacción de inaugurar aquel centro cultural el 29 de mayo de 2002. Inicialmente contaba con un centenar de pinturas de renombrados artistas bolivianos, entre ellos Tambo, de Arturo Borda; Plato vacío, de Solón Romero; Paisaje campestre, de María Luisa Pacheco o Músico de Mario Alejandro Illanes; además de otros de Luis Luksic, Eduardo Espinoza, Juan Ortega Leytón, Ángel Oblitas, Chire Barrientos, Silvia Peñaloza, Clovis Díaz y cuantos más. También contaba con casi una treintena de esculturas en mármol, basalto y granito, entre ellas Mujer y niño, de Marina Núñez del Prado; Cóndor, Madre, Ternura y otras de Víctor Zapana; Labrador, El beso y otras de Agustín Callizaya y Emiliano Luján. Además de 161 piezas arqueológicas de las culturas Mollo y Tiwanaku (en cerámica, metal y piedra), y tres ekekos de los años 1890, 1900 y 1945.

Hay en esta muestra pictórica y escultórica, decíamos en un artículo anterior, una manifiesta intención de resaltar el aporte de artistas aymaras, como es el caso de Antonio Llanque Huanca (con su tierno y conmovedor Vendedor de destinos) y el de Zoilo Linares Calle (con su impactante cuadro titulado Madre). Ambos artistas murieron trágicamente en los años 60 siendo todavía bastante jóvenes. El primero violentamente asaltado al recogerse de un presterío, y el segundo, cuando participaba en una protesta contra el alza de los carburantes, alcanzado por una bala fratricida entre la avenida Buenos Aires y la Garita de Lima. Y otro tanto puede decirse de las esculturas de Víctor Zapana y Agustín Callizaya.

Paredes Candia estaba convencido de que El Alto es una ciudad en lo esencial aymara, y por eso mismo propugnaba desde fines del siglo pasado que se llame “Ciudad Túpac Katari”. Por si fuera poco, la portentosa biblioteca de obras nacionales, más los archivos y papeles del prolífico escritor e investigador pasaron también a ser custodiados por el museo. A la negligencia y descuido imperdonables de las autoridades locales se suma, pues, el agravante de la ingratitud.

Quizá una forma de salvaguardar este legado sea declararlo patrimonio boliviano y ponerlo bajo la protección de la Fundación Cultural del Banco Central (FCBC). En todo caso, se requiere la urgente intervención del Ministerio de Culturas, a cargo de Wilma Alanoca, paradójicamente también alteña, quien hasta el momento solo ha mostrado indiferencia sobre el tema.

* es periodista.

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